martes, 31 de marzo de 2009

Mentiras impiadosas

- Pero ¿vos me querés?
- Si, sabés que sí.
- Decímelo entonces.
- Te quiero.
- ¿De verdad me lo decís?
- Si, en serio. No seas tonta.
Y antes que fuera demasiado tarde, entraron juntos al hotel alojamiento.
- ¿Te gustó?
- Si, me encantó.
- ¿Lo disfrutaste?
- Sí, ningún hombre me hizo gozar tanto como vos.
Y después de aquella noche, ambos sabían que nunca más se volverían a ver.

lunes, 30 de marzo de 2009

Cambio de planes

- Papito, ¿que pasará si ganás mañana?
- Todo será mucho mejor que hasta ahora. Nos mudaremos a una casa muy grande en la Capital, vas a poder asistir a un colegio bilingüe, conocerás nuevos amigos de buen nivel social, seremos famosos, seguramente tendré que trabajar largas jornadas, tendremos auto nuevo con chofer, viajaré por todo el Mundo y podrás viajar conmigo, mucha gente nos amará y algunos otros nos odiarán pero, fundamentalmente, estaremos muy felices porque habremos cumplido nuestro gran sueño, que muchos quieren alcanzar pero pocos consiguen lograrlo.
La niña estalló en llanto y se encerró en una pequeña habitación de la humilde casa en la provincia. Al día siguiente, el político introdujo en la urna el sobre que contenía la boleta con el nombre del principal candidato opositor.

domingo, 29 de marzo de 2009

El olvido fatal

Se apagaron las luces del escenario y un aplauso prolongado quebró el silencio de la sala. El joven mago acababa de desaparecer en escena ante la absorta mirada del público, consumando una ilusión inexplicable y nunca antes lograda. Fue la última función del ilusionista, que jamás logró recordar la segunda parte del truco.

viernes, 27 de marzo de 2009

Extraña confesión

Todo comenzó en el momento en que a Jonathan se le ocurrió arrojar sobre la mesa su plato de comida recién servido, y en el que yo, para no ser menos, arrojé el mío a la otra punta del comedor, manchando la alfombra de arabescos persa que ella había limpiado esa misma tarde por sexta vez.
Escuché el grito histérico de siempre y, sin darme tiempo a esquivarlo, recibí un golpe mucho más duro y doloroso que de costumbre, que ella me dio mientras recogía el plato de Jonathan.
- Tranquilo hijo – le susurró al pequeñuelo mientras acariciaba sus finos rulos rubios en señal de maternal perdón. Me quedé observándola boquiabierto y en silencio, abriendo mis ojos en exceso para contener el llanto que hubiera revelado mi indignación.
Odiaba cuando ella nos trataba de manera diferente. Es cierto que yo no soy un bebé como él, pero con mis ocho años cumplidos creo que sigo siendo una criatura adorable que también merece algunos mimos y gestos de compasión.
Me apuntó con sus ojos de carbones encendidos, intentando intimidarme. - ¡Andate de acá, Rogelio! – me dijo gruñendo y señaló con su índice el camino que conducía a mi habitación, que compartía con Jonathan desde hacía dos meses.
Era evidente que ella no sentía por mí lo mismo que antes de la llegada de su nuevo angelito y eso no podía soportarlo. Sentí que renacía en mí una sensación extraña, un odio inexplicable, una inmensa necesidad de acabar con aquella situación injusta lo antes posible. Fue por ello que, sin pensarlo demasiado y harto de sus gritos y de sus malos tratos, decidí asesinarla.
Me oculté debajo de la cama, esperando el momento en que mi futura víctima entrara al cuarto para buscarme. Mi ataque debía ser inesperado y letal, para impedir cualquier tipo de defensa que ella quisiera oponer. Esperé allí abajo por casi una hora, imaginando diferentes maneras de llevar adelante mi plan, hasta escoger la más conveniente.
Por los sonidos que provenían del comedor, pude saber que ella todavía estaba en aquel lugar, jugando con Jonathan a alguno de sus tontos juegos de niños.
- ¿Por qué no podemos jugar todos juntos? – me pregunté sin encontrar respuesta.
La vi entrar al dormitorio con el crío en sus brazos y decidí esperar que lo acomodara en su cama. En definitiva, él no tenía la culpa de ser un maldito consentido. Apenas lo soltó, me abalancé sobre ella por la espalda, mientras mordía su cuello con todas mis fuerzas para que no pudiera oponer resistencia.
- ¿Que hacés, Rogelio? – alcanzó a decirme antes de desvanecerse. Su cabeza golpeó fuertemente contra la cuna de madera de Jonathan y acabó rodando por el piso, dejando a su paso una enorme mancha roja. En el aire, solo quedó un silencio inmenso y vacío que fue interrumpido abruptamente por el llanto histérico e intolerable del bebé.
Parado a su lado, la miré durante unos segundos y, aunque parezca extraño, cruel y antinatural, debo confesar que disfruté verla en ese estado inerte. Crucé corriendo el comedor y salí al jardín, para escapar de la casa por el agujero que yo mismo había abierto en el alambrado del fondo.
Dos horas más tarde, la señora González me recogió en la calle, a unas veinte cuadras del domicilio de Elvira. Debo confesar que cuando me vio solo, perdido y sin identificación no dudó un instante en llevarme a vivir con ella y su marido. Ahora tengo una cucha nueva y me llaman Osvaldo y, por el momento, ninguno de ellos se atrevió a maltratarme.
Hoy supe del embarazo de la señora González. Solo espero que esta vez no ocurra lo mismo que con Elvira y mis tres dueñas anteriores: nacen sus hijos y ellas se olvidan de mí.

jueves, 26 de marzo de 2009

Amor con barreras

Después de muchos años de ser perseguida en el oscuro y estrecho laberinto, la señorita Pacman se enamoró de un fantasmita y se dejó alcanzar. Por algún tiempo, vivieron felices y comieron puntitos, hasta que un día, cuando ayudaba a cruzar la calle a una ranita Frogger, el fantasmita murió aplastado por un camión.

miércoles, 25 de marzo de 2009

La teoría comprobada

Estoy convencido que los dinosaurios están vivos. No es un invento mío, hay demasiadas pruebas a favor de su supervivencia. Michael Crichton creó para ellos un enorme Parque Jurásico que fue llevado al cine por lo menos tres veces, Charly García aseguró en una de sus canciones que ellos nunca van a desaparecer y Monterroso relató que cuando el sujeto despertó, un dinosaurio todavía estaba allí.
Recuerdo que en mi niñez solo era posible ver un reptil tan grande en los museos de historia o en las criaturas mecánicas de las películas norteamericanas de bajo presupuesto. Hoy en día, en cambio, no hay niño que no tenga en su casa un dinosaurio para jugar. Es como si alguien hubiera iniciado una fuerte campaña de marketing a favor de los bichos prehistóricos. ¿Será que los dinosaurios se niegan a morir o somos los hombres quienes logramos mantenerlos vivos con nuestra imaginación?
Me creyeron loco en cada uno de los centros científicos que visité en busca de una urgente respuesta. Mientras tanto, mi iguana sigue creciendo de manera excesiva, ya se devoró a mi perro y, si continua hambrienta, es muy probable que mañana venga por mí.

martes, 24 de marzo de 2009

Sintomatología casi mortal

La primera sensación fue una pesada angustia evidenciada por las lágrimas frías que rodaron por sus mejillas. Sintió que sus pulmones se cerraban para impedir el acceso del aire viciado de su dormitorio y un fuerte dolor en el pecho le hizo creer que el final de su corta vida se había anticipado. Era como si un largo cuchillo lo atravesara de lado a lado por su espalda, una y otra vez, hasta desangrarlo. El padecimiento siguió en el estómago, en el temblequeo de sus extremidades, en el sudor que brotaba sin censura por cada uno de sus poros y en la mirada nublada, como cuando olvida ponerse los anteojos. El corazón agitado sacudió sus costillas con la misma potencia que la trompada de un boxeador, como si amenazara con detenerse intempestivamente y para siempre. Cuando el dolor se hizo irresistible, no pudo evitar los mareos, las náuseas y la desesperación, que duraron hasta que logró quedarse profundamente dormido sobre la almohada completamente empapada. Aún en sus manos, reposando a su lado, la carta de la mujer amada finalizaba con un cruel y agudo pedido: por favor Mauricio, no me llamés más.

lunes, 23 de marzo de 2009

El enroque

Grité jaque mate mientras ubicaba orgullosamente mi reina blanca en el casillero que dejaba a su rey negro sin movimientos posibles.
Era la primera vez que le ganaba una partida de ajedrez a mi hábil maestro después de numerosos años de aprendizaje repletos de derrotas, algunas de ellas muy decepcionantes para mí, tras las cuales había llegado a creer que ya no valía la pena invertir tanta energía en la imposible misión de vencer a mi instructor.
- Te felicito muchacho – me dijo con el notorio placer de aquel que siente que el esfuerzo realizado finalmente dio los frutos esperados.
Sentí que un enroque se produjo dentro de mí y el niño bisoño e inocente dejó su lugar a un joven atrevido y desafiante. Ese día comprendí una de las enseñanzas más importantes que me transmitió mi abuelo: si realmente se lo propone, hasta un humilde peón puede hacerle jaque mate al rey.

viernes, 20 de marzo de 2009

El tren de la alegría

Llegué a la estación del ferrocarril del pueblo mucho antes que lo previsto. Eran las dos de la mañana, y el tren llegaría recién a las seis. Sabía que no era un buen horario para andar solo por aquel lugar desconocido, pero en definitiva, no me habían quedado alternativas. Todos los bares del pueblo se encontraban cerrados desde hacía más de una hora, y sinceramente, no se me ocurría un lugar mejor para sufrir la espera. Tenía por delante cuatro horas muy largas, y eso me desesperaba.
Cabo Negro era un pueblo chico y aburrido, de esos que ni siquiera aparecen en los mapas. Me encontraba allí por culpa de un maldito contrato que había tenido que ir a negociar, sin éxito, con unos proveedores.
Busqué el asiento más cercano para descansar un rato. Dejé mi maletín a un costado, estiré las piernas y encendí el último cigarrillo que me quedaba. La llama azul de mi encendedor iluminó parcialmente y sólo por un instante la negrura inquebrantable que me rodeaba. El silencio de la noche, burlado únicamente por el sonido lejano de algún grillo, me hizo recordar que me encontraba en absoluta soledad. El soplido de una suave brisa que golpeaba mi cara atrevidamente, sin llegar a despeinarme, era la única señal de que el Mundo seguía moviéndose a mi alrededor.
Pensé desesperadamente en algo en qué poder matar el tiempo. En esas condiciones seguramente la larga noche que tenía por delante se haría interminable. Debo confesar que siempre odié la soledad, me hace sentir asfixiado, y me preocupa no tener a nadie a quién recurrir cuando esa sensación me invade. Por eso, cada vez que estoy solo, busco algo en qué entretenerme. Es la mejor forma de no tomar conciencia de ese sentimiento que tanto me hace sufrir.
Recordé que tenía unos viejos contratos en mi valija que necesitaban ser revisados, pero lamentablemente la oscuridad reinante me obligó a abandonar la idea de adelantar el trabajo.
De repente, sentí frío. Me cubrí un poco, cerrándome el botón superior del sobretodo gris, que por suerte había optado por ponerme a último momento, antes de salir de mi casa. Di una última pitada a mi cigarrillo antes de apagarlo y exhalé el humo con la cabeza hacia el cielo, mirando hacia el infinito, como esperando un extraño milagro que me sacara de allí en ese mismo instante.
Todo era silencio y oscuridad. Era como estar ciego y sordo al mismo tiempo, pero no por culpa de alguna falla en mis sentidos, sino que la realidad que me rodeaba no transmitía más que esa triste imagen monótona de absoluta quietud. Probablemente por ello, casi sin darme cuenta y sin planearlo, fuí quedándome profundamente dormido.
La bocina lejana de un tren me hizo despertar sobresaltado. Con los ojos entreabiertos pude ver aparecer entre la oscuridad, un enorme haz de luz recorriendo las vías a toda velocidad.
Encendí la luz de mi reloj pulsera para ver la hora, y me asombró saber que apenas eran las tres y cuarto de la mañana. Sin darme tiempo a reaccionar, el haz luminoso dio paso a un pequeño tren de colores, que se detuvo frente a mí.
Asomándose por una de las ventanillas del convoy, vi aparecer un amigable ratón blanco de orejas grandes y negras, mostrando una enorme sonrisa plástica y dibujada.
- Vení Pedrito – me dijo con su inconfundible voz finita – Vamos a dar un paseo.
Nadie había vuelto a llamarme Pedrito desde hacía tiempo. Escuchar ese nombre me hizo recordar a mi madre por unos instantes. Me quedé sentado, inmóvil y pensativo, mientras el ratón estiraba su mano de guantes blancos para invitarme a subir.
Aunque un poco desconfiado, me puse de pie y me acerqué con cautela. Al hacerlo, pude comprobar por las ventanas del tren, que ya había otros pasajeros ubicados en su interior, y eso me tranquilizó.
Sin preguntar el destino, tomé la mano de mi anfitrión y subí. Asomé mi cabeza al interior del vagón y me sorprendió ver que se encontraba repleto de niños de diversas edades, que me miraban con gestos de enorme alegría.
- ¡Hola Pedrito! – me saludaron en coro, aunque no me sorprendió ver que todos los viajeros sabían mi nombre.
Di unos pasos hacia adelante, avanzando por el angosto pasillo que separaba las dos ordenadas filas de asientos del interior del vagón, y descubrí, a medida de iba avanzando, que las caras de esos niños me resultaba familiar.
Allí estaba Juancito, mi mejor amigo del colegio, sonriéndome con su enorme boca y sus mejillas redondas. A su lado, Martín, el vecino de la casa de mi infancia, con quién solía jugar en las veredas treinta años atrás. Atrás de ellos estaban Luis y Néstor, los hermanos gemelos que integraban aquel querido equipo de fútbol del club de mi barrio, con quién habíamos salido campeón más de una vez. Uno de ellos, aunque no pude distinguir cual, hacía picar una pelota de cuero en el pasillo del vagón, como invitándome a jugar un partido más.
Era como si el tiempo no hubiera pasado. Continuaban siendo niños, tal como yo los recordaba, a pesar de que no los veía hacía más de tres décadas.
Me acerqué para abrazar a cada uno de ellos, y a los demás amigos que fui descubriendo en los distintos asientos. Gritamos, cantamos, jugamos y nos divertimos por un lapso de tiempo que no podría precisar, pero recuerdo que fue breve.
Me despedí agitando mi mano derecha desde la puerta del vagón, que el ratón abrió para mí. Le agradecí el paseo, aunque en realidad no recuerdo si existió algún recorrido. Dando un salto corto, descendí al andén y el tren desapareció detrás de mí como por arte de magia.
La luz de unos suaves rayos de sol comenzaba a asomarse tímidamente, descubriendo la cortina negra que cubría el cielo. La estación iluminada se veía extraña. Agarré mi maletín, que aún se encontraba al costado del asiento más cercano a la entrada, y salí caminando de la estación en dirección a mi casa. Me detuve en un quiosco a comprar una golosina y un paquete de figuritas. Tenía que apurarme. Seguramente mi madre ya debía estar esperándome con la merienda.

jueves, 19 de marzo de 2009

Ese amigo del alma

- ¿Carlos? – exclamó Julio a través de la ventanilla abierta del automóvil.
- ¿Que hacés acá pibe? – repreguntó Carlos con sorpresa - Me quiero matar. Mirá cómo me venís a encontrar.
- Pero flaco, no puedo creerlo. ¿Cómo llegaste a estar así?
- Y... ¿que querés que te diga? ¿No oíste hablar de la crisis económica mundial? Me castigó muy duro, quebró la fabrica y me quedé sin trabajo, así que ahora tengo que rebuscármelas de alguna manera porque alguien tiene que llevar plata a casa para que los chicos puedan comer – se justificó Carlos avergonzado.
- Si, pero verte así me genera una extraña sensación – argumentó Julio sin poder creer el cambio que tenía ante sus ojos - Eras un tipo muy afortunado, siempre bien vestido, rodeado de hermosas mujeres y mirate ahora, con ese atuendo...
- ¡Pero no me quejo, eh! – interrumpió el flaco – te confieso que al principio es bastante duro pero vos viste cómo es la vida, uno se termina acostumbrando a todo.
- Parece que sí, pero jamás hubiera imaginado encontrarte acá.
- Te sorprendés de verme pero el que vino manejando su auto hasta este lugar fuiste vos.
- Si, pero no esperaba encontrarme con mi compañero de banco del secundario, el número cinco de mi equipo de fútbol, mi confidente, mi amigo del alma.
- ¿Qué hacemos entonces? – preguntó Carlos suponiendo la respuesta.
- Y... subí flaco, ya estamos jugados. ¿Conocés algún lugar adonde ir?
- Sí, hay uno a diez cuadras de acá – respondió Carlos mientras acomodaba su pollerita y los largos tacos en el espacio del acompañante. Reveló una contagiosa sonrisa bajo su extensa cabellera rubia y le indicó al conductor el camino más conveniente para abandonar por un rato la zona roja de la gran urbe, dejando atrás los mutuos recuerdos de amistad de la adolescencia.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Mi propio otoño

Hace casi veinte años que me hago cortar el cabello por el mismo peluquero. Mudó de local, incluso de barrio, y a pesar de todo sigo siendo un fiel cliente de su peluquería. Será por tener edades similares que, además de la típica relación estilista-cliente, logramos con el paso del tiempo construir algo muy parecido a una amistad. La mayoría de las veces me retiré del local muy conforme con su obra y solo en algunos casos tuve que volver para un fino retoque, pero últimamente no hay corte que me satisfaga, pienso que está muy corto, que sigue largo o que se nota demasiado el remolino que detesto desde que era un niño. Cambié mi peinado y le pedí que modificara el estilo y, sin embargo, aún hay algo que me deja disconforme frente al espejo. Busqué múltiples razones para culpar al peluquero pero debo reconocer su inocencia. Nadie puede vencer al paso del tiempo que lentamente se revela en los cabellos que me abandonan por las noches sobre la almohada o taponan el desagüe de la bañadera. Es evidente que está llegando mi propio otoño, solo espero que mi estilista continué siendo suficientemente hábil para ayudarme a disimularlo.

martes, 17 de marzo de 2009

El séptimo hijo varón

Despertó sola, temblando, y envuelta en sudor, sobresaltada por un sueño extraño, en el que un lobisón le hacía el amor salvajemente en su propia cama. Logró olvidar aquella pesadilla por algún tiempo. Seis meses después, para sorpresa de los médicos y la partera, dio luz a un pequeño lobo.