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domingo, 12 de julio de 2009

La medalla

Mi abuelo Remigio encontró una extraña medalla oxidada, perdida en el fondo de un viejo cajón de gaseosas. Le sorprendió tanto el hallazgo, que decidió convertirla en su amuleto personal. Se encargó de limpiarla hasta sacarle brillo y luego la colgó de un clavito, sobre la puerta de acceso al patio de su casa. Cada fin de semana, previo al partido de fútbol de su querido Gimnasia, Remigio se paraba sobre una banqueta y besaba la medalla, para pedirle un resultado favorable. Si el equipo ganaba, era gracias al poder del amuleto, si no, era porque él no había sabido pedirle con suficientes ganas o porque algún fanático del equipo contrario, tenía un talismán aún más milagroso. Y así pasaron los años, alternando alegrías y decepciones, entre gritos de gol y llantos de tristeza, hasta el día de su muerte.
Esta tarde, Gimnasia tuvo que enfrentar un partido decisivo, en el que estaba en juego su permanencia en la categoría. Debía convertir tres goles más que su rival y necesitaba, para ello, una importante dosis de suerte. A medida que pasaban los minutos, la difícil misión parecía convertirse en imposible. Lamenté que Remigio no estuviera ahí, para besar la medalla que produjera el milagro. Pero en tiempo suplementario, cuando el descenso parecía ser una cruel realidad inevitable, la pelota cruzó la línea de gol del equipo contrario por tercera vez, y el estadio vibró de incontenible alegría. Por debajo de mi gorro azul y blanco, con la mirada nublada por las lágrimas, me pareció ver a Remigio sonriendo a un costado de la cancha, con la radio portátil en la oreja, besando la medallita.

domingo, 14 de junio de 2009

Titanes en el ring

“¡Ya llegó Karadagián, el gran Martín!” – gritaba parado en una de las esquinas de la cama que usábamos como improvisado ring.
En la otra punta del cuadrilátero, mi primo me esperaba vestido en pijamas, para trenzarnos en una lucha como las que, semanalmente, veíamos por televisión. Yo imitaba al gran campeón mundial de catch, y él a la temible momia blanca, el único rival que era capaz de vencerlo. Cada vez que me quedaba a dormir en la casa de mis tíos, aquella era nuestra rutina favorita al despertar: gritos amenazantes, golpes certeros, contorsiones y forcejeos, hasta que alguno de los dos quedará de espaldas contra el colchón, pidiendo clemencia. Cada mañana, recuerdo esos divertidos y peligrosos juegos de mi infancia, al observar con orgullo, frente al espejo, las imborrables marcas de aquellas batallas: dos pequeños puntos de sutura, dibujados en el lado izquierdo del mentón.

lunes, 13 de abril de 2009

Una experiencia satánica

El demonio se apoderó de mí sin invitación ni aviso previo. Entró a mi cuerpo dándome un beso corto pero profundo, que me irritó la garganta y adormeció mi cuello por dentro y por fuera. Obstruyó mi esófago con sus manos y bajó hecho fuego hasta mi pecho, anestesiando mis pulmones para dejarlos reducidos al mínimo movimiento necesario para respirar.
- Un buen vaso de tequila mata todo - me dijo un experto y acercó la bandeja plateada que contenía una botella a medio tomar, un limón cortado en forma de triángulo y un platito cubierto con sal fina.
El convidador hizo un gesto cortés para invitarme a iniciar el exorcismo y seguí su consejo sin recordar que el alcohol extiende el fuego. El diablo absorbió el trago con la boca abierta, gozoso de recibir aquel complejo vitamínico ideal para su poderío. Mi cabeza latía enérgicamente como si el cerebro dilatado estuviera pujando para abandonar su espacio a través de mi roja mirada. Sudé mares, sufrí escalofríos y, atacado por las náuseas, intenté expulsarlo asomando mi confundida cabeza sobre el inodoro, pero el ocupante resistía el desalojo.
Ávido por escapar de esa pesadilla, arrastré mis pies dormidos por el camino de regreso hasta la habitación del hotel en la península de Yucatán donde me hospedaba. A la mañana siguiente, ya recompuesto, garabateé el primer borrador de esta historia, para nunca olvidar los terribles efectos colaterales que puede sufrir mi organismo si vuelvo a tener la pésima idea de degustar aquel diabólico picante mexicano.

lunes, 23 de marzo de 2009

El enroque

Grité jaque mate mientras ubicaba orgullosamente mi reina blanca en el casillero que dejaba a su rey negro sin movimientos posibles.
Era la primera vez que le ganaba una partida de ajedrez a mi hábil maestro después de numerosos años de aprendizaje repletos de derrotas, algunas de ellas muy decepcionantes para mí, tras las cuales había llegado a creer que ya no valía la pena invertir tanta energía en la imposible misión de vencer a mi instructor.
- Te felicito muchacho – me dijo con el notorio placer de aquel que siente que el esfuerzo realizado finalmente dio los frutos esperados.
Sentí que un enroque se produjo dentro de mí y el niño bisoño e inocente dejó su lugar a un joven atrevido y desafiante. Ese día comprendí una de las enseñanzas más importantes que me transmitió mi abuelo: si realmente se lo propone, hasta un humilde peón puede hacerle jaque mate al rey.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Mi propio otoño

Hace casi veinte años que me hago cortar el cabello por el mismo peluquero. Mudó de local, incluso de barrio, y a pesar de todo sigo siendo un fiel cliente de su peluquería. Será por tener edades similares que, además de la típica relación estilista-cliente, logramos con el paso del tiempo construir algo muy parecido a una amistad. La mayoría de las veces me retiré del local muy conforme con su obra y solo en algunos casos tuve que volver para un fino retoque, pero últimamente no hay corte que me satisfaga, pienso que está muy corto, que sigue largo o que se nota demasiado el remolino que detesto desde que era un niño. Cambié mi peinado y le pedí que modificara el estilo y, sin embargo, aún hay algo que me deja disconforme frente al espejo. Busqué múltiples razones para culpar al peluquero pero debo reconocer su inocencia. Nadie puede vencer al paso del tiempo que lentamente se revela en los cabellos que me abandonan por las noches sobre la almohada o taponan el desagüe de la bañadera. Es evidente que está llegando mi propio otoño, solo espero que mi estilista continué siendo suficientemente hábil para ayudarme a disimularlo.

domingo, 15 de marzo de 2009

Bendito oasis urbano

Con los ojos achinados y el pelo aún mojado por la ducha matinal, que a pesar del intento no logra animarme tanto como yo quisiera, subo a mi auto todos los días hábiles de la semana con destino a la oficina. Sigo de memoria el mismo camino por las tranquilas calles del barrio hasta la enorme autopista que circunda la ciudad de Buenos Aires. Allí arriba me espera el caos, una interminable y desorganizada fila de autos casi inmóviles conducidos por sujetos con rostros muy parecidos al mío, todos ellos en silencio, intentando despertarse mientras el camino avanza perezosamente.
No hay contacto, ni siquiera miradas, salvo aquellas que controlan que ningún distraído realice una torpe maniobra en perjuicio del chasis que nos protege. Tampoco hay diálogo alguno, salvo el que surge de la radio que oficia de única compañía, desde la cual un reconocido locutor informa que la vía de acceso se encuentra intransitable. ¡Como si yo no lo supiera!
Pero hoy, al finalizar las noticias repetidas, el presentador anunció el inicio de una hermosa canción que me llevó a aumentar el volumen del sonido interior del habitáculo. Simultáneamente, varios conductores a mi alrededor comenzaron a mover sus manos, cabezas o labios, al ritmo de la misma melodía que salía de los parlantes de mi vehículo y de los suyos, transformando nuestros fatigosos rostros en máscaras alegres. Me alegró notar que no soy el único cautivo de ese caos urbano, que existen compañeros en la demorada marcha, oyentes de la misma frecuencia radial y fanáticos de la música de la década del ochenta.

lunes, 9 de marzo de 2009

Año Nuevo en Disneylandia

El 31 de diciembre de no recuerdo bien que año de la suntuosa década del noventa, tuve la suerte de festejar el año nuevo en uno de los parques de Walt Disney World.
Aún recuerdo cuando, unos minutos antes de las doce de la noche, nos agrupamos frente al palacio de la Cenicienta para disfrutar del esperado festejo.
Sobre un gran escenario especialmente armado para la ocasión, apareció el ratón Mickey que, abriendo sus brazos con movimientos exagerados, inició con su clásica voz finita una cuenta regresiva de diez segundos que culminó con un grito alegre de: "Happy New Year!".
A mi alrededor, se escucharon voces de festejo en múltiples idiomas y, bajo un cielo de increíbles e inolvidables fuegos artificiales, pude ver a todos los turistas abrazando a sus familiares, parejas, amigos o a las personas que tuvieran a su lado.
Todos estaban felices, menos el pobre hombrecito mexicano dentro del traje de latex de ratón que, escondido tras una careta blanca y sonriente, recordaba lejos de su familia lo emocionante que eran las fiestas en su Tijuana natal.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Cinco segundos de gloria

Debo reconocer que nunca fuí muy habilidoso para jugar a la pelota. En los crueles "pan y queso" de la escuela, siempre me dejaban entre los últimos seleccionados (y yo odiaba eso).
Para colmo, el compañero que estuviera a cargo de armar el equipo, conociéndose con cualidades para el manejo de sus pies, se autoproclamaba capitán y se creía con derecho de decirme en que posición jugar.
"Quedate abajo y marcá" - me gritaba el grandote, pero después me recriminaba cuando no podía frenar a los goleadores del equipo contrario.
Pero un día me cansé y me autodeclaré 9 de área. Hice 4 goles en un solo partido, uno de ellos tras una habilidosa jugada digna de ser proclamada "el gol de la fecha" en Fútbol de Primera.
Al día siguiente, por única vez, uno de los seleccionadores dijo mi nombre en segundo lugar.

domingo, 1 de marzo de 2009

La colección de entradas

Conservo en una caja de zapatos una variada colección de entradas a varios recitales a los que asistí, que cada vez que tengo la oportunidad exhibo con enorme orgullo.
Una tarde se me ocurrió mostrárselas a mi hijita, pensando que le gustaría mucho compartir esos recuerdos conmigo y le pedí por favor que no las dañe, que las trate con cuidado, que esas entradas significan mucho para mí.
Me descuidé solo un instante y vino corriendo con una sonrisa pícara en el rostro a devolverme los papeles llenos de dibujitos multicolores de crayón en el dorso.
La miré con furia y estuve a punto de lanzarle una colección de insultos irrepetibles, pero pronto me di cuenta que, desde ese momento, esas entradas eran algo aún más especial.
Tranquilo, busqué en el fondo de la caja y le dije:
- Tomá hijita, aca te quedan dos más.
Y luego de disfrutar de sus últimos dos garabatos, las guardé cuidadosamente en la caja, así ahora puedo mostrárselas a quién las quiera curiosear y decirle:
- Esta es la entrada al recital de los Stones en Buenos Aires... y estos dos círculos verdes en crayón que están a la vuelta, soy yo.

viernes, 27 de febrero de 2009

La felicidad no tiene precio

La primera vez que fui a ver a mi equipo jugar de visitante en la cancha de Boca, a mi papá le robaron plata del bolsillo mientras hacíamos la cola para entrar.
¿Para qué vinimos? - me dijo con bronca - ¡Si sabemos que es peligroso!
Ese día Gimnasia ganó 6 a 0 en una goleada histórica en la Bombonera.
Mi viejo me abrazó con una alegría incontenible y pensé:
Ya está... recuperamos la guita.