Advertencia: La poesía transcripta a continuación la escribí en mi colegio primario cuando tenía 12 años, y a mi maestra le gustó tanto, que debí leerla en voz alta en un acto escolar de fin de curso. Decidí publicarla para su lectura en este living porque fue, de alguna manera, el origen de mi pasión por las letras, que hoy dan vida a este humilde blog.
El Sol sale a la mañana
y aparece por el este,
mientras tocan las campanas,
comienza un día campestre.
La gente pronto despierta
al son del quiquiriquí,
el maullido de un gatito
y el vuelo de un colibrí.
Debajo de un gran ombú
se reunió la paisanada,
tomaban mates amargos
y entonaban sus payadas.
El Sol comienza a ocultarse
en el rojizo horizonte,
y se encienden las fogatas
en los llanos y en los montes.
En la noche silenciosa,
mientras los grillos cantaban,
los paisanos y sus chinas
con ese día soñaban.
Pasó la noche tranquila,
vuelve el Sol anaranjado,
iluminando la estancia
y su contorno arbolado.
Quiero dedicarle esta entrada a Claudio Folgueiro, que la semana pasada me recitó de memoria estos versos, después de haberlos escuchado en aquel acto escolar hace más de 20 años. Su envidiable memoria fue la invitación a rescatar aquella hoja amarilla con letra redonda e infantil, del polvoriento cajón de mis recuerdos.
