jueves, 16 de abril de 2009

Pacta sunt servanda

Es imposible prever todas las potenciales consecuencias que pueden derivar de un contrato. Asumiendo el difícil rol de futurólogos, los abogados intentan imaginar la mayor cantidad de situaciones posibles y redactan las cláusulas que mejor protejan a su cliente ante un eventual incumplimiento.
El comerciante creyó que las duras penalidades económicas previstas en el documento eran sanción suficiente por no haber cumplido con la palabra empeñada. Su contraparte no pensó lo mismo y, sin ánimo de renegociar, encargó que lo arrojaran a la zanja del descampado, con dos ardientes agujeros colorados en la frente.

miércoles, 15 de abril de 2009

La máquina de la felicidad

Mientras recorría la feria artesanal de mi barrio, un vendedor ambulante se acercó para ofrecerme la máquina de la felicidad. Aseguraba que el adquirente sería poseedor de un bienestar inigualable y podría hacer realidad cada uno de sus sueños y proyectos. Con la ayuda del artilugio ofrecido, el comprador lograría obtener la posición laboral deseada, conquistar a la dama más hermosa del vecindario o adquirir el dinero suficiente para comprar todos los bienes materiales que garantizaran una absoluta placidez. Era promocionada como la lámpara de Aladino del nuevo siglo, con instrucciones claras y sencillas para su funcionamiento.
- El deseo se transmite a través de un pequeño teclado alfanumérico y, una vez procesado, el artefacto se encarga de hacerlo realidad. Así de fácil, sin necesidad de genios ni dioses milagrosos - explicaba el oferente.
Tanta felicidad por sólo cien pesos me pareció sospechoso. Pensé que si el aparato realmente cumplía con las fantásticas cualidades prometidas por el humilde comerciante, éste lo hubiera utilizado en sí mismo y no tendría necesidad de venderlo. En tono de broma y utilizando las palabras justas para no ofenderlo, decidí confesarle al mercader mis desconfiados pensamientos.
- Usted no entiende nada - me dijo - Yo no necesito máquinas milagrosas para ser feliz.
Sin darme oportunidad de responderle, el vendedor mostró una amplia sonrisa, frotó sus manos de manera desafiante y, prescindiendo del teclado, se evaporó mágicamente en forma de aura, junto con la máquina maravillosa y cada uno de los deseos que, a través de ella, yo hubiera logrado cumplir.

martes, 14 de abril de 2009

El último pasajero

Las primeras gotas comenzaban a golpear el receptáculo y la lista aún tenía un casillero sin tildar. Antes que fuera demasiado tarde, el hombre descendió la improvisada escalera hasta la extensa llanura y abandonó la nave en búsqueda del viajero rezagado. Tras unos minutos que parecieron horas, ante la atónita mirada del resto de las especies, Noé volvió al arca empapado y blasfemando, cargando a la tortuga por el cogote.



Cuento presentado por el autor en el concurso Minificciones del mes de abril de 2009, inspirado en la imagen aquí incluida.

lunes, 13 de abril de 2009

Una experiencia satánica

El demonio se apoderó de mí sin invitación ni aviso previo. Entró a mi cuerpo dándome un beso corto pero profundo, que me irritó la garganta y adormeció mi cuello por dentro y por fuera. Obstruyó mi esófago con sus manos y bajó hecho fuego hasta mi pecho, anestesiando mis pulmones para dejarlos reducidos al mínimo movimiento necesario para respirar.
- Un buen vaso de tequila mata todo - me dijo un experto y acercó la bandeja plateada que contenía una botella a medio tomar, un limón cortado en forma de triángulo y un platito cubierto con sal fina.
El convidador hizo un gesto cortés para invitarme a iniciar el exorcismo y seguí su consejo sin recordar que el alcohol extiende el fuego. El diablo absorbió el trago con la boca abierta, gozoso de recibir aquel complejo vitamínico ideal para su poderío. Mi cabeza latía enérgicamente como si el cerebro dilatado estuviera pujando para abandonar su espacio a través de mi roja mirada. Sudé mares, sufrí escalofríos y, atacado por las náuseas, intenté expulsarlo asomando mi confundida cabeza sobre el inodoro, pero el ocupante resistía el desalojo.
Ávido por escapar de esa pesadilla, arrastré mis pies dormidos por el camino de regreso hasta la habitación del hotel en la península de Yucatán donde me hospedaba. A la mañana siguiente, ya recompuesto, garabateé el primer borrador de esta historia, para nunca olvidar los terribles efectos colaterales que puede sufrir mi organismo si vuelvo a tener la pésima idea de degustar aquel diabólico picante mexicano.

domingo, 12 de abril de 2009

Las princesas rebeldes

Aburridas de vivir la misma historia repetidamente, las princesas de los cuentos decidieron rebelarse y, sin pedirle autorización a los autores, convinieron intercambiar sus roles en el momento preciso en que sonaran las doce campanadas del palacio real.
La experiencia fue un rotundo fracaso. La hermosa Blancanieves murió ahogada en el intento de entonar su canción maravillosa debajo del agua, la dulce Sirenita quedó condenada a ser una triste fregona por no lograr encajar sus enormes aletas en el diminuto zapato de cristal y la pobre Cenicienta pasó sus últimas noches llorando desconsoladamente sobre el pequeño camastro donde debió atender sin descanso a los siete briosos enanos del bosque.
Sólo la afortunada Aurora logró conservar el final feliz de su cuento. El pinchazo contra un viejo huso envenenado la internó en un largo y profundo sueño justo antes de la hora señalada para el intercambio.

miércoles, 8 de abril de 2009

Un relato de otro autor

Parado frente al espejo mientras me afeitaba, noté con asombro que la imagen reflejaba el rostro de otro. Un sujeto de voz mortuoria me rogaba que escribiera un relato que él mismo me contaría. Decía haber sido un célebre escritor, asesinado injustamente por un lector insano al que no le había gustado su último libro. La muerte había sido tan repentina y dolorosa que su alma aún se encontraba activa, condenada a mudar de cuerpo en cuerpo hasta que el autor lograra vengarse. Según me explicó, si yo redactaba la historia que me requería, su espíritu podría migrar de mi cuerpo al de la persona que osara leerla y, a través de crueles y monstruosas apariciones, compensaría en ese lector todos los males sufridos hasta cumplir la venganza que le permitiría descansar en paz. Amenazó con permanecer en mi cuerpo eternamente si yo no cumplía con su extraño requerimiento. Espero sepas disculparme por no habértelo advertido, pero el cuento que estás leyendo es precisamente la historia que el muerto me pidió escribir.

martes, 7 de abril de 2009

Una revolución diferente

La revolución sonó en el despertador,
besos de tequila despiertan la emoción,
salen a la calle de una ciudad triste
a ver el eclipse de un fulbo en el Sol,
un Mundo sin muerte, reinando el amor.

Un sordo baila con el walkman puesto
y los rengos corren a verlo bailar,
los ciegos miran sin entender nada
mientras sus perros hacen malabares
con el bastón blanco para caminar.

Melodías sin ritmo plagian en la tele
los golpes de tambores de la popular,
con los que desfilan flácidas modelos
buscando imponerse en sueños ajenos,
con la imitación de la sonrisa de mamá.

El pueblo decide dejar de protestar
y proclama presidente a Satanás,
que gobernará como un vil emperador
encarnado en el cuerpo ralo de adonis
del virtuoso ganador de un reality show.

lunes, 6 de abril de 2009

Todo por amor

Rosa había tomado una decisión y nadie iba a impedir que la llevara a cabo.
Se bañaría, se pondría sus mejores ropas, escribiría en un papel “Todo mi cuerpo es tuyo, tomalo”, pondría a sonar su canción favorita, tomaría media docena de sedantes, llamaría por teléfono a un servicio de emergencias y, con la nota sobre su pecho, colocaría el frío metal entre sus labios carmesí.
Apenas quince minutos antes del disparo, el popular ídolo de la música había confesado por televisión que necesitaba un urgente transplante de órganos para poder sobrevivir.

domingo, 5 de abril de 2009

El desvío

A las seis en punto, con las primeras luces del alba, Pedro González salió de su casa, como todos los días. Apenas alcanzó la calle, respiró hondo el aire fresco de la mañana, se acomodó el cabello engominado sacudido por el viento y se cerró el abrigo de pana azul sosteniendo su corbata. Caminó a paso lento las cuatro cuadras que separan su casa de la estación de subterráneo más cercana, moviendo su portafolio rítmicamente, a contratiempo de su pierna derecha.Bajó lentamente las escaleras, metiendo sus manos en los bolsillos para buscar las monedas necesarias para comprar el pasaje. Silenciosamente, entregó el dinero al hombre de cabellos blancos que todos los días lo recibía detrás de una pequeña ventanilla para cambiarle esas monedas por una simple tarjeta de embarque de cartón.
Esperó el tren apenas unos minutos y subió al primer vagón del convoy por la puerta del medio, para sentarse en el lugar de siempre: el primer asiento de la derecha, junto a la ventanilla. Recorrió el vagón con un breve y suave golpe de vista. Allí estaba la señora de los sombreros extraños y antiguos, el hombre de overol con apariencia de albañil, el joven escolar de guardapolvo blanco y mochila con la imagen de su súper héroe favorito, el viejo desaliñado del pulóver agujereado y perfume de colonia barata, la madre con su niño travieso camino al colegio y la mujer de cabellos rubios que maquillaba su cansado rostro reflejado en un pequeño espejo de bolsillo. Todos ellos eran, a diario, normales habitantes momentáneos de ese primer vagón del subterráneo. Pedro solía aprovechar los veinte minutos que duraba el viaje hasta el lugar de destino para observarlos uno por uno, en silencio y detenidamente, pero jamás había cruzado una palabra con ninguno de ellos ni con ningún otro ocasional pasajero. El aburrimiento, en cambio, lo llevaba a quedarse dormido profundamente, aún sin quererlo, generalmente antes de llegar a la tercera estación del recorrido. La tenue luz interior de la máquina era ideal, sobre todo a esa hora de la mañana, para un habitual y breve reposo hasta el final de su viaje. De esa manera, Pedro lograba llegar más descansado a su despacho.
Al llegar a su estación de destino, la misma donde descendía la señora de los sombreros extraños y antiguos y una después que la del hombre de la colonia y el niño de la mochila, Pedro normalmente abandonaba en forma lenta la caravana de hierro, cruzaba el molinete y subía los setenta escalones que lo llevaban hasta la avenida, donde a solo diez metros se ubica su oficina, en el departamento cincuenta y siete del edificio de color verde y blanco con una enorme puerta de vidrio con empuñadura de bronce.
Sin embargo, ese jueves ocurrió algo extraño. Pedro abrió los ojos y se encontró en un lugar desconocido, sentado en un vagón repleto de extraños. Asustado, se puso de pie abruptamente y con solo dos pasos alcanzó la puerta, para abandonar la formación en la primera parada. En el andén, un montón de personas que jamás había visto en su vida esperaban su turno para poder ascender al transporte. Tras algunos minutos de esfuerzo y hábiles maniobras casi acrobáticas, Pedro logró escapar de aquel extraño mundo subterráneo y llegar hasta la calle. Allí, volvió a respirar hondo el aire fresco de la mañana, a acomodarse el cabello engominado y cerrarse el abrigo de pana azul sosteniendo su corbata. Caminó algunos pocos pasos, primero hacia la izquierda y luego hacia el otro lado. Buscó infructuosamente algún detalle que le fuera familiar, alguna calle que pudiera ubicarlo, alguna persona que lo pudiera guiar, y tras algunos minutos de inútil exploración, terminó de darse cuenta que se encontraba perdido. Descubrió que no recordaba la dirección de su oficina, ni de su casa, ni la de algún familiar o amigo, ni en que estación debía subir o bajar. Tampoco recordaba tener familia y mucho menos amigos. Solo creía llamarse Pedro, porque así solían llamarlo sus clientes.
Nada fue igual en la vida de este hombre después de aquel extraño jueves en que se apartó de la rutina. Dicen que hace varios meses suele vérselo recorriendo las estaciones de las distintas líneas de subterráneo del Mundo buscando a una señora de sombreros extraños y antiguos, a un señor desaliñado que use colonia barata o al niño de guardapolvo blanco con una mochila de súper héroe colgada en la espalda. Solo así podrá descender del tren en la estación correcta y reencontrar finalmente el camino a su oficina, para poder volver a tener la vida normal que tanto añora. Lo que más lamenta es no haber podido llegar a tiempo a la importante reunión agendada para ese extraño jueves a las diez de la mañana y que, a esta altura de las circunstancias, seguramente su cliente ya habrá conseguido otro asesor.


La foto "Camino al infierno" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor únicamente para su exhibición en este blog.

viernes, 3 de abril de 2009

Golpe al corazón

Todos los golpes de estado contra su reinado habían fracasado, pero los otros aún no se rendían. Nadie había logrado matar al poderoso e imbatible soberano. Pero el astuto zorro encontró la forma y, en asociación ilícita con la serpiente, asesinó a la leona y destrozó el corazón del rey de la selva.

jueves, 2 de abril de 2009

Un show privado

Esa noche Gustavo abrió la puerta de su departamento con la alegre cara de alivio de quién regresa a casa después de un largo pero exitoso día en la oficina. Se quitó el saco y lo ubicó prolijamente en el respaldo de una de las sillas del comedor. Tomó el control remoto del equipo de audio y puso a sonar el primer tema de un disco de Village People. A pesar de haber sido una jornada difícil, había logrado cerrar aquel negocio que lo mantenía con insomnio desde hacía semanas. Necesitaba darse un baño relajante bien caliente, fumar su habano cubano preferido y servirse un whisky escocés con mucho hielo. Susana había salido a cenar con unas amigas y eso significaba que podía cumplir con su deseado programa sin interrupciones.
Soltó el ajustado botón del cuello de su camisa y se vio reflejado en la negra pantalla del televisor. Se sintió un modelo televisivo y sonrió. La música sonaba fuerte y lo invitaba a iniciar su show. Se quitó la corbata, luego la camisa. Se sentó en una silla frente al aparato y aflojó sus zapatos para revolearlos sensualmente con una torpe patada aérea. Se puso de pie con un salto atlético y continuó bailando frente a la pantalla apagada como si estuviese ante una cámara de video encendida que buscaba inmortalizarlo. Sus pantalones tocaron el piso y se divirtió al ver su imagen reflejada moviendo las caderas en calzoncillos y con las medias puestas. Se desnudó completamente justo en el mismo momento en que la canción tocaba su acorde final y festejó la culminación de su función privada con un alarido guerrero al estilo Tarzán. Se aplaudió a sí mismo mientras paseaba su flácida humanidad por el largo camino hasta la bañera donde iniciaría la ansiada inmersión.
En ningún momento notó que una presencia había observado el patético espectáculo desde el lavadero, pero lo sospechó una hora más tarde, cuando la voz llorosa de Susana le comunicó en su teléfono celular la terrible noticia que acababa de renunciar la mucama.

miércoles, 1 de abril de 2009

Entrega a domicilio

El muchacho detuvo su motocicleta justo enfrente a la entrada al edificio. Tomó en sus manos la caja de cartón y en la búsqueda de algo que sirviera para anunciarse, encontró la punta de un grueso hilo dorado asomando por debajo de la puerta de acceso a la galería principal. Guiado por el recorrido del ovillo, le fue sencillo alcanzar al centro del laberinto. Al verlo llegar, el Minotauro se abalanzó sobre él para devorarlo junto con la pizza solicitada telefónicamente.