viernes, 19 de febrero de 2010

Non cogito, ergo sum

Observo hace horas una hoja vacía. A pesar del esfuerzo por escribir algo nuevo, no logro gestar una idea, mi mente está en blanco. Entonces, recuerdo el planteamiento filosófico de Descartes, por el cual afirma su existencia (y la de todos los hombres) por el simple acto de pensar. ¿Acaso habré dejado de existir? Sin embargo, noto que, aun en los casos en que mi mente se vuelve perezosa, existe en mí un ser que podría pensar en algo, pero elige no hacerlo. Puedo argumentar entonces que, aunque no pienso, existo. Ergo, Descartes no existe.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ménage à trois

Antes de apagar la luz del cuarto, la mujer susurra al oído del señor Jekyll:
- Por favor, cariño, esta noche invítalo a Hyde.

lunes, 15 de febrero de 2010

Oportunidad

– Será mejor que venga ahora – le dijeron – están por comenzar los carnavales y no habrá viajes al infierno hasta el mes que viene.

viernes, 12 de febrero de 2010

Perdidos en la nieve

Después de varias horas, nos detuvimos para almorzar. De acuerdo a lo pactado, invertimos los roles que habíamos ocupado durante la cena. Esta vez, yo fui el encargado de preparar la comida, y ella de donar su carne.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Abrazos

Se soñó rubio y de ojos celestes, envuelto en el abrazo tibio de numerosas mujeres, que se peleaban por tenerlo para ellas solas, por lo menos un ratito.
Despertó al escuchar los gritos:
- ¡Puje, señora! – decía la partera.

lunes, 8 de febrero de 2010

Quiromancia

Sentada frente a una mesita de madera, la pitonisa observaba con atención las nerviosas manos frías de un cliente.
– Esto es muy extraño – reveló la adivinadora – tu línea de la vida ha desaparecido.
– ¿Y eso qué significa? – preguntó el joven con desconfianza – ¿moriré pronto?
– No lo creo. Lo más probable es que ya estés muerto.

viernes, 5 de febrero de 2010

Lluvias

Afuera llueve torrencialmente. El golpeteo del agua contra el tejado me recuerda a ella, aferrándose a mi pecho, cuando oía los truenos. Busco refugiarme entre las sábanas, al notar que empieza a lloviznar también adentro.

martes, 2 de febrero de 2010

Adoración

El mar adora a los soñadores. Por eso, engulle con olas descomunales a aquellos que gustan pasar largo tiempo sentados en el muelle, imaginando un futuro casi perfecto que nunca llegará. Cree que así roba sus sueños, para poder disfrutarlos él mismo en las solitarias noches frías del invierno.
También le gustan los pescadores, pero a ellos los devora por simple venganza.

viernes, 15 de enero de 2010

Estilo original

Un enorme huevo de pez fue arrastrado por la brava marea hasta una playa solitaria. Al sentir el calor del sol veraniego acariciando el cascarón, el pez supo que era el momento de nacer. Asomó su cabeza tímidamente y observó a una cangreja alegre que lo miraba con los ojos desorbitados.
- ¿Mamá? – preguntó el pececito.
- ¡Comida! – pensó la cangreja.
Sin embargo, al ver la mirada tierna y transparente del recién nacido, el crustáceo logró vencer su instinto y adoptarlo como si fuera un hijo de su propio vientre. Lo condujo a los empujones hasta las aguas de la costa y le enseño su nuevo hogar. Allí, el pez se sintió espléndido, como debe sentirse un pez en el agua. Y fue así que, gracias a la influencia de su madre de leche, el pequeño pez aprendió a nadar con  un original movimiento hacia atrás, inventando un nuevo estilo que los demás peces adoran imitar.


La foto "Entre el bien y el mal" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.  

lunes, 11 de enero de 2010

Esperando al Teté

Hacía años que la tribu esperaba la llegada del Teté. Los ancianos afirmaban que su advenimiento cambiaría radicalmente el destino de su pueblo, pero el transcurso del tiempo y la desidia en preservar las tradiciones, les impedían recordar las razones por las cuales sostenían tal teoría. Según especulaban los más sabios, sin fundamentos, el Teté podía ser un cacique milagroso, un maldito dictador sanguinario o algún ser monstruoso que condenara a sus familias al exterminio, entre otras cosas aún peores.
Una tarde, a la hora de la siesta, un indio cruzó a la carrera las estrechas calles de tierra del campamento, agitando sus brazos cubiertos por un colorido traje artesanal hecho de cañas y plumas de águila.
– ¡Soy el Teté! ¡Soy el Teté! – gritaba exultante.
Al llegar a la cima del monte que los protegía, el indio gritón abrió sus brazos y levantó vuelo velozmente. Desfiló planeando sobre las tiendas de la aldea, mientras saludaba eufórico a sus coterráneos, que lo observaban aterrados desde la superficie. Fue allí cuando el patriarca de la tribu, encargado de asegurar la protección de su gente, tensó su arco en dirección al hombre pájaro y, confundiéndolo con un animal endemoniado, lo bajó de un flechazo certero, en medio del pecho.
Algunos días después del funeral, los restantes miembros de la tribu lograron olvidar el asombroso episodio. Jamás sospecharían que, con la muerte del inventor del primer traje volador de la Historia, habían perdido la oportunidad de desarrollar una novedosa e increíble forma de defensa, que les hubiera permitido ganar, de manera definitiva, la desigual batalla contra el hombre blanco. A pesar de todo, los sucesores de aquellos sobrevivientes aún esperan, con sus ilusiones intactas, la llegada revolucionaria del Teté.

jueves, 7 de enero de 2010

Adorable hábito

Todos los jueves, cuando cae la tarde, la muchacha cruza el bosque, portando una canastita. El final siempre es el mismo: el salvaje lobo la espera, para devorarla de un bocado, en la alejada casita. La madre intranquila se pregunta por qué su hija cumple con tanto rigor la llamativa rutina, si hace más de quince años que se murió la abuelita.

lunes, 4 de enero de 2010

Dulce cebiche

Tras el inesperado naufragio, me encontré rodeado por cientos de individuos que, clamando por auxilio con desesperación, flotaban indefensos sobre las crueles aguas del océano. Como estas ocasiones ameritan, cada uno de nosotros buscó, como pudo, su propia supervivencia.
Una joven rubia fue la primera en verme nadar ávidamente contra la corriente, antes de sentir la afilada caricia de mis dientes contra su jugoso cuerpo.