viernes, 1 de mayo de 2009

Promesa cumplida

Carlos divisó una pequeña mancha negra que, dando giros, cruzaba el infinito telón celeste que los cubría.
- ¡Mira, Mabel! Una gaviota – dijo con voz quebrada y temblorosa – Eso significa que debemos estar cerca de tierra firme.
La única respuesta provino del sonido de las olas bailarinas.
Sin soltar el pequeño trozo de madera que lo mantenía a flote, giró la cabeza, para observar el cuerpo violáceo de Mabel, que flotaba sin vida, colgando de un chaleco anaranjado. La gaviota se posó sobre el pelo enmarañado de la mujer rubia y, con la mirada envuelta en pena, apuntó sus ojos negros hacia el rostro desencajado del hombre.
- Siempre le aseguré que la amaría eternamente – dijo Carlos, entre sollozos, al visitante plumífero – en esta vida y en las que vengan.
Ante la mirada expectante del hambriento pájaro blanco, el viudo cerró sus ojos por última vez y abrazó, con ambas manos, el inmenso charco de agua helada que lo rodeaba. Mabel lo recibió envuelta en su eterna belleza, ansiosa por cumplir con su idéntica promesa.

jueves, 30 de abril de 2009

Un beso y una flor

Cuando una de mis abuelas vino a visitarme por primera vez a mi departamento, lo encontró triste, gris y falto de vida. Regresó una semana más tarde para regalarme un gajito de malvón robado de alguno de los canteros de su barrio. Me aconsejó que lo plantara cerca de la ventana y confesó que había elegido esa especie especialmente para mí, porque era una planta de fácil cuidado, que no requería demasiado riego ni atención.
Cercado entre cuatro fríos bloques de cemento, el único lugar apto que encontré para plantarlo fue una vieja maceta abandonada en mi balcón, donde anteriormente había cultivado una exótica planta carnívora que lamentablemente había muerto de frío después de aquella famosa nevada del 9 de julio sobre Buenos Aires. Aún no me había tomado el trabajo de remover las raíces muertas de su antecesora, pero no me pareció necesario. Hice un pocito con mis dedos en la tierra seca y resquebrajada y acomodé el gajito regalado en el centro del recipiente.
Apenas una semana de mínimo riego fue suficiente para notar que mi planta estaba creciendo a ritmo excesivamente acelerado. De aquel pobre gajo inicial habían nacido dos enormes hojas repletas de flores fucsias, que parecían tener movimiento propio. Noté con sorpresa que el insólito vegetal sacudía suavemente sus verdes extremidades como si fuesen las pequeñas manos de un bebé que juega en su corral, coqueteaba frente al espejo que creaba la luz del sol en la ventana y jugaba sensualmente con los insectos que revoloteaban a su alrededor. Era innegable que el malvón había mutado a una especie desconocida por culpa de alguna extraña causa biológica, probablemente afectado por el polen del anterior inquilino de su recipiente.
La situación cambió radicalmente aquel martes a la noche, cuando pude observar el momento justo en que los estambres de una de sus flores atrapaban a una mosca en vuelo. Como si fuese un experimento realizado en las clases de biología de mi colegio secundario, decidí juntar pequeños bichos en un platito y dejarlos junto a la maceta. Desde un improvisado escondite vi como la planta se inclinaba hasta el receptáculo y deglutía aquel extraño alimento con pasión y en pequeños bocados, a través de sus flores en forma de boca humana.
En pocos días, la planta se convirtió en mi mejor compañera. Dialogaba con ella a través de señas, mantenía siempre húmeda su tierra, limpiaba diariamente sus hojas y flores con un algodoncito embebido en agua fría y atrapaba sus moscas favoritas para la cena. Ella me lo agradecía dulcemente, primero con insinuaciones a través de sensuales movimientos, luego mediante un abrazo con sus grandes hojas abiertas y, una vez que adquirimos confianza, con pequeños besos dulces de sus tiernas flores en forma de carnosos labios.
No había confesado a nadie esta extraña historia de amor, pero no tuve más alternativa que escribirla cuando mi abuela me pidió explicaciones al verme llegar a su casa, con la boca ensangrentada, para devolverle el regalo plantado en la maceta anaranjada que traía en mis brazos. Aquella extraña planta carnívora acababa de arrancar mi lengua de un mordisco, cuando intentaba darle un sensual y profundo beso francés en su flor más pulposa.

miércoles, 29 de abril de 2009

Antes que llegue el rojo amanecer

He descubierto que durante las noches me transformo en un asesino serial. Apenas concilio el sueño, mi cuerpo sonámbulo es poseído por una fuerza maligna que me lleva a atacar al primer sujeto que encuentre en mi camino, utilizando crueles técnicas de tortura hasta provocar su muerte. Me despierto cada mañana con las manos envueltas en sangre y, en algunos casos, con marcas en mi cuerpo que indican que existió cierta resistencia. Desconozco el destino de los cadáveres de mis víctimas y la razón por la cual mi inconsciente dormido actúa de esa forma enfermiza. Por favor, necesito tu ayuda. Atame más fuerte a la cama y dame de tomar otra taza de café. Ya es tarde y no quiero quedarme dormido junto a ti.

martes, 28 de abril de 2009

Dos rayitas

Juan camina hacia la casa de Mónica para comunicarle la difícil decisión que acaba de tomar. A lo largo del camino, va ensayando cada una de las frases que le permitirían transmitir adecuadamente el doloroso mensaje.
- Es mejor que dejemos de vernos, ya no siento lo mismo por vos, necesito tiempo para pensar, estoy confundido. Te quiero mucho, pero como amiga. Es mejor que terminemos esto ahora, antes que acabemos lastimándonos. Tengo muchos proyectos propios que debo cumplir antes de formar una familia. Me cuesta mucho decirte esto, yo también estoy muy mal – repite íntimamente y en voz baja.
Lo que aún no sabe es que jamás va a animarse a exponer su ensayado discurso, porque Mónica le abrirá la puerta sonriente y feliz, sosteniendo en sus manos un dispositivo que muestra dos rayitas.

lunes, 27 de abril de 2009

El sermón

La verdad corría tras la mentira, para aturdirla con un extenso sermón que la convenciera de ceder esa actitud perversa de andar engañando a la gente. Aunque la mentira se movía rápidamente, la verdad logró alcanzarla en un angosto callejón. Era un final ineludible, porque la mentira tiene patas cortas.

domingo, 26 de abril de 2009

El nuevo Mesías

-Hombres de poca fe, ¿por qué me sueltan? Les dije que soy el Mesías, el hijo de Dios y debo morir para salvar a la humanidad– gritaba el hombre en paños menores.
-Yo creo en tí, pero debo cumplir con las órdenes del director – respondió el enfermero, mientras descolgaba al falso Mesías del árbol al que se había atado, en el patio central del neuropsiquiátrico.

viernes, 24 de abril de 2009

Sueños de libertad

Durante mi niñez, solía tener un sueño recurrente en el que podía volar. No necesitaba artefactos ni motores de propulsión, simplemente estiraba mis brazos en el sentido deseado y mi cuerpo se elevaba suavemente en esa dirección. Si deseaba aterrizar, sólo tenía que apuntar los pies hacia la Tierra, juntar mis brazos al cuerpo, y dejarme llevar por una leve fuerza de gravedad.
Algunos años después, mi cuerpo comenzó a experimentar unos síntomas extraños a través de los cuales mi sueño parecía convertirse en realidad. Primero, fueron las plumas que empezaron a crecer en lugar de mis vellos del pecho, brazos y piernas, aunque logré controlar aquel anormal suceso con extensas rutinas de depilación completa.
El problema se volvió complejo cuando las uñas de mis pies comenzaron a crecer en forma de rugosas garras y mis dedos se unieron para formar solo tres puntas, pero oculté el problema desarrollando yo mismo un nuevo tipo de calzado basado en las clásicas patas de rana que utilizan los buceadores. Una vez entrado en la adolescencia, aparecieron los fuertes dolores de estómago que reclamaban un cambio urgente en mi alimentación y logré superarlos llenando las alacenas de mi cocina con semillas, granos en conserva y frutas de estación. A pesar de la vergüenza, consulté algunos médicos especialistas, incluso un veterinario, pero ninguno logró dar cura a la sorpresiva transformación. Resignado ante aquella extraña enfermedad que avanzaba y se apoderaba de todo mi cuerpo, decidí conformarme y aceptar mi nueva imagen.
Hoy, amanecí con mi nariz convertida en un afilado pico en forma de gancho y mi voz modificada en un indescifrable graznido. Desde mi cama observo la ventana que, previendo este final, había dejado entreabierta anoche, antes de ir a dormir. Del otro lado de la abertura, una pájara tierna silba dulcemente mi canción favorita, como invitándome a salir a volar con ella.
Desplegaré mis flamantes alas, imitando aquellos inocentes sueños de mi infancia y sentiré la fresca brisa matinal sobre mi rostro plumífero. Desde el cielo soleado de mi barrio, observaré mi casa pequeña sobre la superficie terrestre. Allí quedarán guardados, para siempre, mi vida de humano y mis bienes materiales, entre ellos, la almohada sobre la cual imaginé, alguna vez, estos sueños de libertad hechos realidad.

miércoles, 22 de abril de 2009

Almas gemelas

Se trataron de manera indiferente durante un tiempo, rechazándose, ignorándose y hasta odiándose. Competían, casi sin darse cuenta, para imponerse y destruir al otro. Tiempo después, se encontraron por casualidad y lo disfrutaron demasiado. Sólo mirándose, reconocieron que tenían muchas cosas en común y que la única forma de ganar era estando juntos.

martes, 21 de abril de 2009

El despertar

Mi cuerpo dormido quedó al descubierto cuando me arrancó las sábanas de un súbito tirón. Humedeció mi rostro con besos suaves pero mojados, para despertarme de manera dulce, como era habitual. Pude sentir su respiración junto a la mía y estiré mi brazo para darle una caricia tibia, que respondió con el arqueo tembloroso de su cuerpo, emitiendo un jadeo fugaz. Hizo alarde de la habilidad de su lengua, recorriendo mis manos, mis brazos y mis piernas (en ese orden) y se divirtió mordiendo delicadamente los dedos de mis pies hasta hacerme abrir los ojos. Al verme despierto, se abalanzó sobre mí para fundir nuestros cuerpos en un apasionado y silencioso abrazo, que me hizo sentir cuanto me amaba. Al ver cumplido su objetivo, se ubicó en cuatro patas en el borde de la cama, clavó en mí una ansiosa mirada animal y saltó al suelo aeróbicamente, contagiándome su incontenible energía matinal.
Es inevitable, mi perro consuma cada mañana su tierna rutina incondicional, para anunciar que es hora de ir a pasear.

lunes, 20 de abril de 2009

Persecución nocturna

Siempre detesté conducir en soledad por las peligrosas rutas del interior. Frente a mí, la noche negra parecía infinita, apenas iluminada por los faros delanteros de mi vehículo y por los ocasionales destellos que traía la lluvia. Las noticias de la radio ya sonaban repetidas y el aire acondicionado de la cabina no era suficiente para combatir el denso empañamiento de los parabrisas. Mi cuerpo comenzaba a sentir el cansancio de aquel largo día de mudanza y estaba exigiendo una nueva dosis de café.
Al terminar de recorrer una curva profunda del camino, apareció detrás de mí un automóvil veloz, conducido por una sombra irreconocible, que me apuntaba con un par de cegadoras luces blancas. Aminoré la marcha y dejé espacio suficiente para que el molesto compañero de ruta me sobrepasara, pero respondió haciendo señas de luces como pidiendo que detenga mi marcha. Asustado, empuñé fuertemente el volante y aceleré a fondo con intención de perderlo de vista, pero aquel vehículo negro seguía allí atrás, fastidiándome.
Recorrimos cincuenta kilómetros de la ruta solitaria formando una incómoda caravana y mi miedo aumentaba de manera inversamente proporcional al indicador luminoso del nivel de combustible, que estaba cerca de alcanzar el punto mínimo. Con el tanque vacío, mi automóvil se detuvo a un costado de la carretera y, algunos metros atrás, interrumpió su marcha el viajante reflejado en mi espejo retrovisor. Fingiendo un coraje que no tenía, descendí del vehículo y me detuve frente al perseguidor con los brazos abiertos.
-¿Qué diablos quieres de mí? – le pregunté en voz alta– Hace una hora que estás persiguiéndome y ya colmaste mi paciencia.
- Vengo a buscar lo que es mío desde que te quedaste dormido en aquella curva fatal.
Un relámpago iluminó la escena y pude ver las manchas rojas que, provenientes del cráneo, descansaban sobre mi camisa de colores claros. La parca abrió las puertas del vehículo fúnebre y entendí que debía acompañarla. Ya sin miedo, reiniciamos el viaje por la oscura carretera que, tras el desafortunado encuentro, seguramente nos conduciría a un destino diferente.

domingo, 19 de abril de 2009

El asadito

“Todo bicho que camina va a parar al asador”, ordenaba el pequeño cartel colgante sobre la parrilla, en homenaje a los sabios versos del Martín Fierro.
Y el cocinero obediente, sin darse cuenta de la transformación, arrojó sobre las brasas a Gregorio Samsa.

viernes, 17 de abril de 2009

La sonrisa inevitable

Ana tenía una sonrisa inevitable. Sin importar el lugar ni las circunstancias, ella no podía evitar que una larga línea curva se dibujara en su rostro blanco, desde que se despertaba hasta que decidía irse a dormir. Solo durante las noches, mientras permanecía encerrada en su cuarto, se creía que su cara se volvía falsamente seria, pero quienes alguna vez la vieron, dicen que aún allí mantenía una mueca en el rostro, muy similar a su risita diurna.
No existía hombre en el Mundo que pudiera evitar mirarla. Bastaba con que Ana se cruzara con cualquiera de ellos, para que aquel ser humano, conocido o extraño, joven o anciano, quedara absorto frente a la muchacha. La sola sonrisa de Anita era como un imán para todas las miradas que estuvieran cerca. Un golpe de vista dirigido a ella era suficiente para ser seducido por una fresca y efímera sensación de repentina felicidad. Era una chica atractiva por cierto, pero no era eso lo que llamaba la atención de los pueblerinos, sino su amplia y continua sonrisa, portadora de un efecto magnético y extraño, similar al dulce canto de las sirenas de los cuentos.
Nunca se supo bien el origen de esa sonrisa inevitable y tampoco nadie se animó a preguntarle. Hubo quienes dijeron que se trataba de un regalo divino, como contraprestación a la vida sufrida que habían llevado sus padres. Algunos otros sospecharon que no podía ser otra cosa que una especie de pacto con el Diablo, por el cual Ana habría vendido su alma a cambio de una eterna felicidad. Opiniones científicas, en cambio, llegaron a decir que se trataba simplemente de una deformación genética con suerte. Los descreídos de siempre, solo para llevar la contra, aseguraban que Ana en realidad era una niña triste, que forzaba el rictus durante día y noche, con el único objetivo de parecer simpática.
Creyéndose destinatarios exclusivos de su sonrisa, muchos hombres intentaron acercarse a Ana, pero sin éxito. Jorge, el vecino de la casa de al lado, buscaba cualquier excusa para tocar el timbre en la morada de Anita e intentar mirar por encima del hombro de quien abriera la puerta, para ver si lograba verla en el interior. Omar, el cartero del pueblo, llegó a escribir falsas cartas dirigidas a la joven, para poder concurrir diariamente a entregarle alguna misiva. Pedro, el florista de la esquina, tuvo la atrevida idea de regalarle un ramo de rosas blancas cada vez que Anita pasaba caminando por delante de su puesto de venta. Ella solo tomaba el paquete y agradecía, pero nunca le dio una oportunidad.
Todos ellos se cansaron de esperar una señal de parte de la joven, que siempre encontraba una forma elegante de rechazar cualquier invitación. A pesar de su extraña belleza y del rápido paso del tiempo, Ana cumplió veintiocho años sin conocer hombre alguno, aunque candidatos tenía de sobra.
En la primavera de ese año, el joven Gabino llegó al pueblo, sin conocerse bien desde donde provenía. Era un hombre introvertido, bajito, de aspecto sencillo y un raro peinado antiguo, con raya al costado engominada. Vestía de manera formal, aunque desprolija, con zapatos marrones sin lustrar y camisas de colores tristes. Por sus gestos serios y respuestas cortas, se notaba que el recién llegado prefería la soledad. Pasaba el día entero trabajando de manera artesanal en la modesta tienda de venta de chocolates que él mismo instaló, dos semanas después de su arribo, sobre la calle principal del pueblo. No se le conocía otro domicilio, así que el pueblo entero imaginó, sin poder confirmarlo nunca, que el joven vivía allí mismo, en un cuarto improvisado en el fondo del local.
Ana conoció a Gabino en la chocolatería. Ella iba camino a la feria del pueblo cuando detuvo su paso frente a la vidriera del negocio, tentada de comprar unos extraños bombones exhibidos dentro de una gran caja roja aterciopelada en forma de estrella, adornada con un moño perlado sobre la tapa, de la que colgaba una pequeña etiqueta con la inicial de la muchacha.
Anita, siempre sonriente, entró al local saludando al vendedor, que se encontraba de espaldas a la puerta y respondió al saludo sin darse vuelta. El dulce perfume del cacao flotando en el aire y la oscura decoración del pequeño ambiente, solo iluminado por algunas velas rojas y negras, daban a la tienda una mágica apariencia.
Señalando la hermosa caja de la vidriera, Anita pidió los bombones sin preguntar el precio. Inmutable ante la seductora sonrisa de la cliente, Gabino tomó la caja, cerró el envoltorio y la colocó en las manos de Ana.
- Sírvase – le dijo el vendedor secamente – Es una gentileza de la casa.
Ana tomó el paquete, agradeció el regalo extendiendo aún más su sonrisa de Monalisa, y dejó la chocolatería a paso lento, asombrada por el extraño episodio. Le sorprendió que el generoso hombre ni siquiera hubiera prestado atención a su famosa mueca ni hubiera quedado atontado frente a su rostro radiante, como solía ocurrirle a los demás hombres del pueblo.
Sola en su casa, Ana abrió la enorme caja y degustó los bombones a su antojo. Sintió un sabor especial, único, exquisito, incomparable a cualquier otro probado hasta el momento. Los devoró hasta hartarse y fue a recostarse a causa de una impensada somnolencia.
A la mañana siguiente, la chocolatería de Gabino amaneció cerrada y así la encontró Ana cuando llegó desesperada a golpear la puerta del local sin su sonrisa habitual. No encontró rastro alguno del mago ni de los chocolates que habían roto el hechizo. Gabino había logrado cumplir con el servicio encargado por un grupo de celosas damas del pueblo que no toleraban que sus hombres vivieran embobados por la risita de Anita. La joven desesperada regresó a su casa de manera casi imperceptible, corriendo entre la multitud del pueblo que ya ni la reconoció. Se quedó allí para siempre, con una triste mueca marcada en el rostro hasta el día que murió, sola y solterona, en su oscura habitación.


La foto "Simpatía" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor únicamente para su exhibición en este blog.