Mostrando entradas con la etiqueta Fotocuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fotocuentos. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de julio de 2011

Lex talionis

Una triste paloma observa desde una rama el lugar donde, hace un tiempo, se encontraba el nido que protegía sus huevos. Ella fue testigo del momento exacto en que un hombre desalmado arrancaba brutalmente, de la chimenea de su casa, la humilde morada que, con tanto amor, ella había construido para sus pichones. Desde entonces, sólo espera el momento justo para concretar una venganza, observando cada uno de los movimientos de aquel hombre que disfruta de su vida con notoria felicidad. Por fin, después de varios meses, ha llegado el día en que podrá hacerle pagar con la misma moneda. Apenas se acerque hasta la vivienda, se abalanzará con todas sus fuerzas contra la cigüeña que vendrá cargando un bebé hermoso desde París.

Este microrrelato está inspirado en esta obra de la ilustradora española Clara Varela, que me invitó a participar de su proyecto "Escríbeme una ilustración". Para conocer más acerca de sus trabajos, les recomiendo visitar su blog.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Condenación


El límite entre el cielo y el infierno es apenas una línea, que se extiende hasta un sonante aparato telefónico, que ella se niega a atender.

La foto "Cielo e infierno" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor únicamente para su exhibición en este blog.

viernes, 15 de enero de 2010

Estilo original

Un enorme huevo de pez fue arrastrado por la brava marea hasta una playa solitaria. Al sentir el calor del sol veraniego acariciando el cascarón, el pez supo que era el momento de nacer. Asomó su cabeza tímidamente y observó a una cangreja alegre que lo miraba con los ojos desorbitados.
- ¿Mamá? – preguntó el pececito.
- ¡Comida! – pensó la cangreja.
Sin embargo, al ver la mirada tierna y transparente del recién nacido, el crustáceo logró vencer su instinto y adoptarlo como si fuera un hijo de su propio vientre. Lo condujo a los empujones hasta las aguas de la costa y le enseño su nuevo hogar. Allí, el pez se sintió espléndido, como debe sentirse un pez en el agua. Y fue así que, gracias a la influencia de su madre de leche, el pequeño pez aprendió a nadar con  un original movimiento hacia atrás, inventando un nuevo estilo que los demás peces adoran imitar.


La foto "Entre el bien y el mal" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.  

lunes, 14 de diciembre de 2009

Gallito ciego

Me gusta salir a caminar de noche por la ciudad vacía. Es un placer recorrerla sin que nadie me atropelle, sin autos lanzados a la carrera ni sonidos estridentes que alteren mis nervios. Me siento el rey de la silenciosa metrópoli, anárquica, inhabitaba, imperturbable.
Al caminar por las calles oscuras, intento adivinar el camino escondido, apenas iluminado por la tenue luz de la esquina y el extremo encendido de mi cigarrillo. Me hace recordar los imborrables momentos de mi infancia, en que jugábamos al gallito ciego con los chicos del barrio, que se burlaban de mí cuando no lograba encontrarlos en la oscuridad. Pobre tonto, bueno para nada, me decían, aprovechándose de que  era el más pequeño e inocente del grupo.
Algo de razón tenían, porque mientras ellos crecieron y lograron comprarse las lujosas mansiones que decoran la avenida, continúo viviendo en la antigua casita que era de mi madre. Debe ser por eso que me gusta visitarlos de vez en cuando, para jugar con sus cosas, mientras ellos duermen.


La foto "The other side" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog. 

lunes, 19 de octubre de 2009

Las mil y una bodas

Mientras el centro comercial permanece abierto, un vestido blanco se exhibe inmóvil en el escaparate. Cada noche, apenas el sereno abandona la sala, comienza la fantástica escena de la boda, en la que la novia imaginaria contrae matrimonio con un muñeco elegante de la sección de hombres. Todo el mobiliario los observa, mientras bailan un mágico vals vienés entre los percheros. La fiesta continúa alegremente hasta el alba, en que vuelven la quietud, el desamor, la indiferencia. Antes que se enciendan las luces del salón, los recién casados acuerdan su divorcio, sólo por las dudas. Saben que así sufrirán menos por la ausencia, en caso que uno de ellos tuviera la desgracia de partir.


La foto "Novia por dos pesos" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.

viernes, 25 de septiembre de 2009

El testigo silencioso

Pude ver la escena claramente. Fui un testigo preferencial de cada uno de los hechos que terminaron en el pavoroso asesinato de la mujer de cabellos rojizos. Recuerdo haberla visto llegar, caminando del brazo de aquel hombre calvo, bajo la sombra que producen los árboles de enfrente. Se la veía espléndida, gozosa, hasta que su compañero se alejó por la esquina, tras besarla calurosamente en los labios. La joven mostraba una sonrisa infinita, perfectamente combinada con el brillo de sus ojos. Pero su rostro mutó súbitamente, al ver llegar, a la carrera, al hombre corpulento de pelo oscuro que, con su dedo índice en alto, le hacía reproches, pedía explicaciones, la insultaba duramente. En un instante mínimo, aconteció la escena del crimen, el musculoso con el cuchillo brillante en su mano derecha, y el histérico grito de la mujer que se apagaba lentamente, como una radio a pilas cuando se queda sin energía. Pensé en socorrerla, a pesar de conocer el riesgo de convertirme en una víctima inocente, de esas que suelen aparecer en los titulares de los diarios, por involucrarse donde no corresponde. Sin embargo, me mantuve inmóvil y en silencio, observando, pasivamente, como su vida corta y alegre se apagaba frente a mí. Un vehículo policial está estacionado frente al cadáver solitario de la dama. Creo que buscan testigos, aunque me miran, sin preguntar nada. Juro que les contaría todo detalladamente, sólo si pudiera despegar mi cuerpo plástico y estático, de esta maldita vidriera.

La foto "El no te metas" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El carnicero habilidoso

Durante el extenso día laboral, el carnicero satisface los pedidos ansiosos de las mujeres del barrio, exhibiendo su habilidad con los cuchillos, al cortar las milanesas. Incansable, por las noches, sale a practicar sus técnicas, en los fríos cuerpos perfumados de sus mejores clientas.




La foto "Milangas" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.

sábado, 29 de agosto de 2009

El juego de la escalera

Las instrucciones del juego parecen claras. El competidor es colocado en la terraza de un enorme edificio, frente a la puerta de acceso a las escaleras. Apenas el juez lo ordene, comenzará su carrera descendente. En cada planta le espera una sorpresa, un sacrificio, una alegría o una decepción. A lo largo del camino, podrá encontrarse, entre otras cosas, con un ambiente lleno de insectos y serpientes venenosas, un difícil acertijo que resolver, un salvaje animal famélico, un monstruo asesino, una mujer ninfómana o una trampa mortal. Por cada obstáculo superado, se hará acreedor a una importante suma de dinero, que le será abonada cuando alcance la salida.
Cada uno de sus movimientos será capturado por alguna de las múltiples cámaras de televisión que se encuentran distribuidas a lo largo del edificio. El participante lleva consigo una mochila que contiene: un cuchillo, un revólver con seis balas, una calculadora, un diccionario, un destornillador, un rollo de cinta autoadhesiva, una botella de alcohol fino, una caja de preservativos, un moderno cortaplumas de múltiples usos, una soga y algunas latas de comida en conserva, por si su estadía en el edificio se prolonga más de lo esperado.
El conductor del programa le desea suerte y lo invita a cruzar la pequeña puerta de hierro, que será soldada por fuera. Ya pueden escucharse los alaridos, gruñidos, sirenas y otros ruidos extraños, provenientes de los niveles inferiores. El concursante se detiene antes de bajar la primera escalera y saluda sonriente frente a una de las cámaras. Pero su rostro se transformará repentinamente, cuando mire con atención hacia abajo y descubra que, al igual que los infructuosos participantes anteriores, él también ha sido víctima de un aterrador engaño. No existe una planta baja ni una meta que pueda alcanzar para poner fin al juego. Los pisos inferiores se repiten continuamente, hasta el infinito.

La foto "Escalera al infierno" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.

viernes, 15 de mayo de 2009

Las ausentes carcajadas

A los payasos que alegraron mi infancia

Una vez finalizado el último acto, el viejo payaso regresará a su sombrío camarín y guardará, prolijamente, sus pertenencias multicolores en la anticuada valija. En ese instante, verá caer una tibia lágrima por su mejilla, corriéndole el maquillaje. Antes de cerrar la tapa por última vez, envuelto en la nostalgia por los viejos buenos tiempos, que no volverán, colocará en la maleta las antiguas técnicas para hacer reír, que ya no funcionan con los niños del público, y tampoco con él.

La foto "Había una vez... un circo..." es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor, únicamente para su exhibición en este blog.

domingo, 10 de mayo de 2009

El abrazo de tinta

No había nada que pudiera levantarme el ánimo en esa fría y solitaria noche de domingo. Mi equipo de fútbol había perdido sobre la hora y eso era motivo suficiente para no desear ver la clásica crónica deportiva semanal por televisión. Siempre odié ver festejar a los equipos rivales.
Me serví un trago corto de vodka Absolut con hielo y me quité los zapatos negros que traía puestos desde el mediodía. Elegí el sillón más cercano a la estufa para recostarme un rato para leer una vieja historieta en colores de Nippur de Lagash. Acomodé mis pies descalzos en uno de los apoyabrazos y mi cabeza de pelos revueltos sobre un pequeño almohadón. Con el control remoto, encendí el equipo de audio y puse a sonar un entristecedor disco de Pink Floyd. Respiré hondo, estiré los dedos de los pies y me relajé. Me sumergí en la historieta como lo hacía cuando era niño, devorando página a página la historia del errante personaje.
Apenas iniciada la sesión de lectura, algo inesperado llamó mi atención. Un fino haz de luz amarilla se asomaba tímidamente por debajo de una de las pequeñas puertas de la sala.
Extrañado, arrojé la historieta sobre el suave sillón y caminando sobre mis medias llegué hasta el lugar del que provenía la llamativa luminosidad. Abrí la puerta lentamente y una luz brillante, que nubló mi vista, me invitó a dar un paso hacia adelante, sacudiendo mi rostro con un viento ensordecedor, como si mi cuerpo hubiera atravesado con un solo paso la línea ancha de circunferencia de un tornado de gran escala.
La puerta del recinto se cerró bruscamente detrás mío y la luz se apagó inmediatamente. Ante mis ojos apareció un escenario desértico, caluroso e inhóspito. Me sentí extraño e incómodo. Noté que mis ropas habían cambiado como por arte de magia. Mis medias eran ahora un par de sandalias de cuero y los pantalones y la camisa arremangada que vestía al cruzar la puerta se habían convertido en una túnica blanca corta y fresca. Detrás de mí, apareció de repente un fornido hombre a caballo, que sin desmontar comenzó a girar a mi alrededor, inspeccionándome atentamente. Su ojo izquierdo estaba cubierto con un parche negro y una larga espada plateada colgaba de su cinturón.
- ¿Porqué tardaste tanto? – me dijo Nippur con una sonrisa – Hace años que estaba esperando que vinieras a darme una mano. Deberías saber que desde que perdí mi ojo izquierdo me siento débil y viejo y necesito tu ayuda para poder reconquistar mi querida Lagash.
Sin darme tiempo a decir nada, señaló con su dedo índice un pequeño árbol seco debajo del cual descansaba un caballo negro hermoso y bravío.
- Es para ti – me dijo el fortachón en perfecto español – Lo escogí en una tienda de Egipto, especialmente para esta ocasión. Móntalo y ven conmigo. Debemos apurarnos, el enemigo debe estar cerca.
A pesar de no entender lo que ocurría, no me animé a rechazar su invitación. Siempre había admirado al guerrero sumerio y seguido con asombro cada una de sus aventuras desde aquella primera aparición en 1967, cuando yo apenas tenía catorce años. Algunos minutos más tarde, estábamos reunidos alrededor de un fogón junto a varios guerreros aliados, entre los que reconocí a Sargón, el rey de Akad, al gigante Ur-El de Merem y el joven Hiras, el hijo de mi anfitrión. Juntos planeamos la reconquista de la ciudad de Lagash, para la cual ellos consideraban indispensable mi participación. Era evidente que el grupo aliado tenía inferioridad de hombres, armas y provisiones que el ejército comandado por el malvado rey Luggal-Zaggizi, y por ello, cualquier persona que quisiera sumarse a la acción armada, aunque fuera inexperto y pacífico como yo, era un sujeto útil para los fines. Me dieron una espada plateada y un pesado escudo, cuyas técnicas de uso tuve que aprender rápidamente para poder acompañar al bravo Nippur en la audaz batalla de Umma. El triunfo final no tardó en llegar y el tuerto guerrero vino hacia mí con el rostro iluminado, para sellar nuestra flamante amistad, envolviéndome con un fuerte y entrañable abrazo.
Esa fue la imagen dibujada que el detective, que tiene a su cargo analizar la causa de mi desaparición, descubrió en la colorida página central del cómic, que descansaba abierto sobre el largo sillón. La escena se completaba con un tibio vaso de vodka con agua de hielos derretidos, sobre la mesa ratona, y un par de mocasines negros arrojados a un costado de la alfombra. Delante de la puerta del armario de la sala, yacían las ropas arrugadas que ya no volvería a vestir. El extraño caso fue cerrado sin encontrar explicaciones. Hoy vivo en Lagash, en un tiempo desconocido, sin fútbol ni vodka. Han pasado varios meses desde la transmutación y aún no pude encontrar el camino de regreso a mi lugar de origen, aunque debo confesar que tampoco he tenido interés en buscarlo.

viernes, 17 de abril de 2009

La sonrisa inevitable

Ana tenía una sonrisa inevitable. Sin importar el lugar ni las circunstancias, ella no podía evitar que una larga línea curva se dibujara en su rostro blanco, desde que se despertaba hasta que decidía irse a dormir. Solo durante las noches, mientras permanecía encerrada en su cuarto, se creía que su cara se volvía falsamente seria, pero quienes alguna vez la vieron, dicen que aún allí mantenía una mueca en el rostro, muy similar a su risita diurna.
No existía hombre en el Mundo que pudiera evitar mirarla. Bastaba con que Ana se cruzara con cualquiera de ellos, para que aquel ser humano, conocido o extraño, joven o anciano, quedara absorto frente a la muchacha. La sola sonrisa de Anita era como un imán para todas las miradas que estuvieran cerca. Un golpe de vista dirigido a ella era suficiente para ser seducido por una fresca y efímera sensación de repentina felicidad. Era una chica atractiva por cierto, pero no era eso lo que llamaba la atención de los pueblerinos, sino su amplia y continua sonrisa, portadora de un efecto magnético y extraño, similar al dulce canto de las sirenas de los cuentos.
Nunca se supo bien el origen de esa sonrisa inevitable y tampoco nadie se animó a preguntarle. Hubo quienes dijeron que se trataba de un regalo divino, como contraprestación a la vida sufrida que habían llevado sus padres. Algunos otros sospecharon que no podía ser otra cosa que una especie de pacto con el Diablo, por el cual Ana habría vendido su alma a cambio de una eterna felicidad. Opiniones científicas, en cambio, llegaron a decir que se trataba simplemente de una deformación genética con suerte. Los descreídos de siempre, solo para llevar la contra, aseguraban que Ana en realidad era una niña triste, que forzaba el rictus durante día y noche, con el único objetivo de parecer simpática.
Creyéndose destinatarios exclusivos de su sonrisa, muchos hombres intentaron acercarse a Ana, pero sin éxito. Jorge, el vecino de la casa de al lado, buscaba cualquier excusa para tocar el timbre en la morada de Anita e intentar mirar por encima del hombro de quien abriera la puerta, para ver si lograba verla en el interior. Omar, el cartero del pueblo, llegó a escribir falsas cartas dirigidas a la joven, para poder concurrir diariamente a entregarle alguna misiva. Pedro, el florista de la esquina, tuvo la atrevida idea de regalarle un ramo de rosas blancas cada vez que Anita pasaba caminando por delante de su puesto de venta. Ella solo tomaba el paquete y agradecía, pero nunca le dio una oportunidad.
Todos ellos se cansaron de esperar una señal de parte de la joven, que siempre encontraba una forma elegante de rechazar cualquier invitación. A pesar de su extraña belleza y del rápido paso del tiempo, Ana cumplió veintiocho años sin conocer hombre alguno, aunque candidatos tenía de sobra.
En la primavera de ese año, el joven Gabino llegó al pueblo, sin conocerse bien desde donde provenía. Era un hombre introvertido, bajito, de aspecto sencillo y un raro peinado antiguo, con raya al costado engominada. Vestía de manera formal, aunque desprolija, con zapatos marrones sin lustrar y camisas de colores tristes. Por sus gestos serios y respuestas cortas, se notaba que el recién llegado prefería la soledad. Pasaba el día entero trabajando de manera artesanal en la modesta tienda de venta de chocolates que él mismo instaló, dos semanas después de su arribo, sobre la calle principal del pueblo. No se le conocía otro domicilio, así que el pueblo entero imaginó, sin poder confirmarlo nunca, que el joven vivía allí mismo, en un cuarto improvisado en el fondo del local.
Ana conoció a Gabino en la chocolatería. Ella iba camino a la feria del pueblo cuando detuvo su paso frente a la vidriera del negocio, tentada de comprar unos extraños bombones exhibidos dentro de una gran caja roja aterciopelada en forma de estrella, adornada con un moño perlado sobre la tapa, de la que colgaba una pequeña etiqueta con la inicial de la muchacha.
Anita, siempre sonriente, entró al local saludando al vendedor, que se encontraba de espaldas a la puerta y respondió al saludo sin darse vuelta. El dulce perfume del cacao flotando en el aire y la oscura decoración del pequeño ambiente, solo iluminado por algunas velas rojas y negras, daban a la tienda una mágica apariencia.
Señalando la hermosa caja de la vidriera, Anita pidió los bombones sin preguntar el precio. Inmutable ante la seductora sonrisa de la cliente, Gabino tomó la caja, cerró el envoltorio y la colocó en las manos de Ana.
- Sírvase – le dijo el vendedor secamente – Es una gentileza de la casa.
Ana tomó el paquete, agradeció el regalo extendiendo aún más su sonrisa de Monalisa, y dejó la chocolatería a paso lento, asombrada por el extraño episodio. Le sorprendió que el generoso hombre ni siquiera hubiera prestado atención a su famosa mueca ni hubiera quedado atontado frente a su rostro radiante, como solía ocurrirle a los demás hombres del pueblo.
Sola en su casa, Ana abrió la enorme caja y degustó los bombones a su antojo. Sintió un sabor especial, único, exquisito, incomparable a cualquier otro probado hasta el momento. Los devoró hasta hartarse y fue a recostarse a causa de una impensada somnolencia.
A la mañana siguiente, la chocolatería de Gabino amaneció cerrada y así la encontró Ana cuando llegó desesperada a golpear la puerta del local sin su sonrisa habitual. No encontró rastro alguno del mago ni de los chocolates que habían roto el hechizo. Gabino había logrado cumplir con el servicio encargado por un grupo de celosas damas del pueblo que no toleraban que sus hombres vivieran embobados por la risita de Anita. La joven desesperada regresó a su casa de manera casi imperceptible, corriendo entre la multitud del pueblo que ya ni la reconoció. Se quedó allí para siempre, con una triste mueca marcada en el rostro hasta el día que murió, sola y solterona, en su oscura habitación.


La foto "Simpatía" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor únicamente para su exhibición en este blog.

domingo, 5 de abril de 2009

El desvío

A las seis en punto, con las primeras luces del alba, Pedro González salió de su casa, como todos los días. Apenas alcanzó la calle, respiró hondo el aire fresco de la mañana, se acomodó el cabello engominado sacudido por el viento y se cerró el abrigo de pana azul sosteniendo su corbata. Caminó a paso lento las cuatro cuadras que separan su casa de la estación de subterráneo más cercana, moviendo su portafolio rítmicamente, a contratiempo de su pierna derecha.Bajó lentamente las escaleras, metiendo sus manos en los bolsillos para buscar las monedas necesarias para comprar el pasaje. Silenciosamente, entregó el dinero al hombre de cabellos blancos que todos los días lo recibía detrás de una pequeña ventanilla para cambiarle esas monedas por una simple tarjeta de embarque de cartón.
Esperó el tren apenas unos minutos y subió al primer vagón del convoy por la puerta del medio, para sentarse en el lugar de siempre: el primer asiento de la derecha, junto a la ventanilla. Recorrió el vagón con un breve y suave golpe de vista. Allí estaba la señora de los sombreros extraños y antiguos, el hombre de overol con apariencia de albañil, el joven escolar de guardapolvo blanco y mochila con la imagen de su súper héroe favorito, el viejo desaliñado del pulóver agujereado y perfume de colonia barata, la madre con su niño travieso camino al colegio y la mujer de cabellos rubios que maquillaba su cansado rostro reflejado en un pequeño espejo de bolsillo. Todos ellos eran, a diario, normales habitantes momentáneos de ese primer vagón del subterráneo. Pedro solía aprovechar los veinte minutos que duraba el viaje hasta el lugar de destino para observarlos uno por uno, en silencio y detenidamente, pero jamás había cruzado una palabra con ninguno de ellos ni con ningún otro ocasional pasajero. El aburrimiento, en cambio, lo llevaba a quedarse dormido profundamente, aún sin quererlo, generalmente antes de llegar a la tercera estación del recorrido. La tenue luz interior de la máquina era ideal, sobre todo a esa hora de la mañana, para un habitual y breve reposo hasta el final de su viaje. De esa manera, Pedro lograba llegar más descansado a su despacho.
Al llegar a su estación de destino, la misma donde descendía la señora de los sombreros extraños y antiguos y una después que la del hombre de la colonia y el niño de la mochila, Pedro normalmente abandonaba en forma lenta la caravana de hierro, cruzaba el molinete y subía los setenta escalones que lo llevaban hasta la avenida, donde a solo diez metros se ubica su oficina, en el departamento cincuenta y siete del edificio de color verde y blanco con una enorme puerta de vidrio con empuñadura de bronce.
Sin embargo, ese jueves ocurrió algo extraño. Pedro abrió los ojos y se encontró en un lugar desconocido, sentado en un vagón repleto de extraños. Asustado, se puso de pie abruptamente y con solo dos pasos alcanzó la puerta, para abandonar la formación en la primera parada. En el andén, un montón de personas que jamás había visto en su vida esperaban su turno para poder ascender al transporte. Tras algunos minutos de esfuerzo y hábiles maniobras casi acrobáticas, Pedro logró escapar de aquel extraño mundo subterráneo y llegar hasta la calle. Allí, volvió a respirar hondo el aire fresco de la mañana, a acomodarse el cabello engominado y cerrarse el abrigo de pana azul sosteniendo su corbata. Caminó algunos pocos pasos, primero hacia la izquierda y luego hacia el otro lado. Buscó infructuosamente algún detalle que le fuera familiar, alguna calle que pudiera ubicarlo, alguna persona que lo pudiera guiar, y tras algunos minutos de inútil exploración, terminó de darse cuenta que se encontraba perdido. Descubrió que no recordaba la dirección de su oficina, ni de su casa, ni la de algún familiar o amigo, ni en que estación debía subir o bajar. Tampoco recordaba tener familia y mucho menos amigos. Solo creía llamarse Pedro, porque así solían llamarlo sus clientes.
Nada fue igual en la vida de este hombre después de aquel extraño jueves en que se apartó de la rutina. Dicen que hace varios meses suele vérselo recorriendo las estaciones de las distintas líneas de subterráneo del Mundo buscando a una señora de sombreros extraños y antiguos, a un señor desaliñado que use colonia barata o al niño de guardapolvo blanco con una mochila de súper héroe colgada en la espalda. Solo así podrá descender del tren en la estación correcta y reencontrar finalmente el camino a su oficina, para poder volver a tener la vida normal que tanto añora. Lo que más lamenta es no haber podido llegar a tiempo a la importante reunión agendada para ese extraño jueves a las diez de la mañana y que, a esta altura de las circunstancias, seguramente su cliente ya habrá conseguido otro asesor.


La foto "Camino al infierno" es propiedad de Christian Pereira y se publica con autorización del autor únicamente para su exhibición en este blog.